"EL PINTOR", UN ARTÍCULO DE CAMILO JOSÉ CELA.

 

En octubre de 1947 Rafael Zabaleta expuso en la Galería Estilo de Madrid. Era su tercera exposición individual en la capital de España.

Con tal motivo, Camilo José Cela publicó en el diario Arriba el artículo que a continuación transcribo:

 

EL PINTOR (RAFAEL ZABALETA)

El pintor es un hombre más bien pequeño, casi calvo, con bigote, de traje gris oscuro en todo tiempo y de recio sombrero de pelo allá por los meses de invierno. El pintor es natural de un pueblecito que se llama Quesada y que duerme donde, aún tierno y cantarín, ya bullidor y todavía niño, nace el Guadalquivir. El pintor tiene un vago aire campesino en la mirada, en el atuendo, en el ademán y en el parco decir: un gesto remoto de campesino en tierra de sabrosos pastos y dulces olivares, y una imprecisa apariencia de hijodalgo añorante de pasados tiempos, o de santero de pobres, o de torero de las viejas suertes, o de filósofo solitario, escéptico y burlón.

El pintor se llama Rafael Zabaleta. Desde su casa de campo, el pintor ve el mundo misterioso de la pintura por una ventana abierta, insospechadamente, sobre París; diríase de la ventana del pintor que es casi una ventana de “Las mil y una noches”, una ventana mágica como el tapiz volador o como la lámpara de Aladino y, al mismo tiempo, una ventana clásica y noble como la vid, antigua como el pecado y abierta al puro vendaval de la montaña igual que el fruto maduro que espera su más lejano cielo, ya derribado al pie del árbol padre, dormido sobre el suelo ubérrimo.

Por la ventana de Zabaleta, que es un poco el mismo mundo que nos ofrece, se oye conversar a veces, lejanamente, quién sabe si a Matisse o a De Chirico, quién si a Picasso, a Cavía, que si a los primitivos. Zabaleta, buen guardador de su propio orden, sagaz ordenador de su casa y de su ventana, nos deja escuchar, con los ojos dulcemente entornados, el distante runrún de la nacarada caracola marina con la que pinta el último recuerdo del último Zabaleta marinero, el hombre que, nauta de los cinco mares, ancló en la sierra un buen día, va ya para cuatro generaciones, en que, como predestinadamente, optó por la tierra firme e imaginó su casa y su ventana.

El pintor, a solas con su orbe, del que nadie nos podría decir si es un limbo bucólico o un purgatorio atormentado, la paleta a la mano izquierda, el pincel en la diestra y toda una representación de lo que existe reflejada en sus ojillos grises y profundos, pinta sin descanso y con la buena manera donde se ven, aunque siempre se adivinen, el orden y el concierto, y cuando reúne sus últimos metros cuadrados de pintura, cae sobre Madrid, casi de puntillas, como con miedo a molestar, cuelga sus lienzos, se sienta en un café o en un paseo y espera. Rafael Zabaleta es un maestro en el difícil arte de esperar, en la fecunda audacia de la paciencia y de la seriedad con la sonrisa en los labios y en la cabeza una verdad difícil aunque bien sabida, una verdad honda y monda y lironda, recóndita y casi velada.

Este año, ¿cuántos van ya? Rafael Zabaleta se ha traído a Madrid los diecisiete lienzos que representan, hoy por hoy, lo más granado de su obra, los diecisiete resultados de tantas horas trabajosas que ha colgado, como diecisiete mundos herméticos, como diecisiete astros o diecisiete corazones, en la Sala Estilo de al lado de la Zarzuela. En esta última pintura de Zabaleta -y líbrenos Dios de escarceos críticos que ni nos van, ni sentimos, ni queremos ensayar- se apunta certeramente a la diana misma de la pintura más eterna, hoy la más europea y ayer no más, la más española, aquella que echó raíces sobre la raíz misma de nuestro suelo para un día arder con violencia, arrasadoramente y sin dejar títere con cabeza. Rafael Zabaleta, que sabe muchas cosas, tampoco olvida que los tres vientos huracanados que enderezaron el fláccido velamen de la pintura después de la revolución de la perspectiva del Giotto, los tres eran españoles, y hemos aludido, como es fácil suponer, al Greco, a Goya y a Picasso.

El pintor ha tirado por el camino más difícil y menos trillado y ha ido a la pintura directamente, sin caer en los fáciles subterfugios de las horas de decadencia, la pintura aleccionadora -falsamente aleccionadora- donde lo anecdótico está antepuesto al alma o al espíritu mismo de la misma pintura.

Rafael Zabaleta, cuando al levantar su Exposición se vuelva a su casa de Quesada, a asomarse a su ventana, podrá volver a mirar el mundo con los ojos más claros cada día.

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Años después, Rafael Zabaleta ilustró, por encargo de Cela, la primera edición en gallego de su novela “La familia de Pascual Duarte”, publicada en Vigo (talleres gráficos Faro de Vigo) en 1962, cuando el pintor ya había fallecido.

Al año siguiente (1963), Camilo José Cela publicó en Papeles de Son Armadans (Palma de Mallorca) su obra titulada El Solitario, escrita a partir de la colección de dibujos de Zabaleta “Sueños en Quesada” e ilustrada con dichos dibujos.

En 1971, Cela escribía al respecto:

La ilusión que Rafael Zabaleta y yo tuvimos de publicar un libro mío con ilustraciones suyas no pudo realizarse, con él aún vivo,...

El gran libro que le debía a Zabaleta, el libro cantor –del cabo al rabo- de su soledad, nació con Zabaleta ya muerto, lo que no deja de ser una paradoja cruel. Lo escribí ante la colección de dibujos que tituló «Los sueños de Quesada», partiendo de ellos y en ellos inspirándome y apoyándome.” (Cela, «Recuerdo de Rafael Zabaleta», Papeles de Son Armadans CLXXX, pp. 227-232, p. 232).

RELACIÓN EPISTOLAR ENTRE RAFAEL ZABALETA Y MIGUEL DELIBES.

Este artículo fue publicado en el número 14 de la revista Sueños de Quesada (Quesada, 1 de agosto de 2025).

 

Como es bien conocido, el círculo de contactos y amistades de Rafael Zabaleta en el mundo del arte y de la cultura fue amplísimo, pese a su fama de hombre retraído. Tenía Rafael una muy buena capacidad social; le gustaba relacionarse con personas relevantes que tuvieran algún interés para él y sabía hacerlo.

La relación epistolar con cada una de ellas nos permite conocer cuándo, cómo y por qué se relacionaron, y la índole de esa relación. Nos permite asimismo corroborar el reconocimiento que, como artista y como persona, recibió el pintor en vida.

Una de esas amistades de Rafael Zabaleta fue el gran novelista Miguel Delibes (Valladolid 1920 - 2010), también dibujante e ilustrador. Ambos se conocieron, según testimonio del escritor, en la última exposición celebrada por el pintor en la Biblioteca Nacional de Madrid (Salas de la Dirección General de Bellas Artes, mayo de 1959).

Poco después de conocerse personalmente, Delibes escribía a Zabaleta una carta[1] (10 de junio de 1959) en la que subrayaba el paralelismo existente entre las obras de uno y otro, algo que recientemente (2023) ha puesto también de manifiesto la profesora Aparicio González:

El tándem Zabaleta y Delibes no duda en representar la miseria o la indeseable situación de «lo local», heredero no solo de las consecuencias de la Guerra Civil española, o del franquismo, sino de una situación sobrevenida desde los últimos años del siglo XIX. […] Ambos, tanto el literato como el pintor, ofrecen testimonio gráfico de la España profunda…[2]

En su carta, Delibes decía:

Querido y admirado Zabaleta: Dos letras para agradecerle una vez más su gesto de organizarme “una exposición para mí solo”. Por correo separado le envío algunos de mis libros. Le diré una cosa: al parecer, y aunque pintura y novela obedecen a medidas distintas, entre su manera de hacer con los pinceles y la mía con la pluma hay un paralelo. Así me lo aseguran dos críticos competentes y ello explica, sin duda, mi vehemente admiración por sus cuadros. Es muy curioso todo esto de los particulares mundos del artista y de los medios escogidos para expresarlos, tan curioso que justificaría una larga y reposada meditación. Pero no es este el momento.

Reciba con mi gratitud y admiración, un cordial abrazo

Miguel Delibes

           

La referencia de Delibes al «gesto de organizarme una exposición para mí solo» probablemente responda al hecho de que Zabaleta le hiciera una especie de visita guiada a la exposición en la que se conocieron, durante la cual probablemente hablarían de los medios que cada uno de ellos había escogido (la pluma y los pinceles) para expresar “su mundo particular”, unos mundos y unas “maneras de hacer” en cierta forma “paralelos”.

El pintor respondió al novelista a vuelta de correo mediante carta fechada en Quesada el 14 de junio de 1959[3], en la que le corrobora los «sorprendentes parentescos» existentes entre sus respectivas obras:

Querido amigo Delibes:

Recibí su carta y los tres libros que ha tenido la gentileza de enviarme tan cálidamente dedicados. Muchas gracias; por todo le quedo profundamente agradecido, ofreciéndole mi incondicional amistad y admiración.

Yo quería escribirle pronto, pero V. se ha adelantado, y hoy mismo lo hago enviándole un dibujo como recuerdo, ya que yo guardo uno tan grato de V.

Sí que es misterioso y apasionante este mundo del arte en que estamos metidos V. con las letras y yo con la pintura, y no cabe duda que ofrece sorprendentes parentescos dentro de su gran familia.

Hoy mismo empezaré el “Diario de un cazador” ya que yo lo he sido empedernido, tanto, que mi verdadera fama local es en este terreno. Ya hace año (sic) que lo dejé, pero ha servido de mucho a mi pintura. Por ese instinto, yo también le he seguido el rastro, y ahora ya nos conocemos mejor, después de nuestro encuentro. Esperando que aumente y se consolide con el tiempo, reciba un fuerte abrazo de su buen amigo Rafael Zabaleta.

Del contenido de esta carta se desprende que Zabaleta y Delibes ya se “habían seguido el rastro” antes de conocerse personalmente y que su encuentro en Madrid fue el comienzo de una firme amistad.

Por otra parte, resulta curioso advertir que Zabaleta era consciente, en su último año de vida, de que su «verdadera fama local» se debía más a su condición de cazador que al hecho de ser ya un pintor reconocido y valorado. Esto vuelve a evidenciar que en Quesada era extremadamente reservado y apenas hablaba de su vida y de sus contactos fuera del pueblo.

La Fundación Miguel Delibes me ha facilitado una fotografía del dibujo que Zabaleta envió al novelista como recuerdo y que su familia conserva:


Indudablemente, Zabaleta y Delibes continuaron con su relación epistolar. Aunque desconozco algunas de las cartas que se siguieron intercambiando, de la última misiva del pintor que he podido consultar se desprende que este le había pedido a Delibes que realizara gestiones encaminadas a la edición y publicación de sus «Sueños en Quesada» (un proyecto que Zabaleta persiguió con gran interés desde los años 40), y que el novelista las había hecho, pero sin éxito de momento.

Esa carta, fechada en Quesada el 26 de septiembre de 1959[4], es la siguiente:

Querido amigo Delibes:

Recibí tu carta, agradeciendo tu gestión.

Las noticias que me envías me parecen lógicas, pues la situación económica es delicada y los negocios están a la espera. Como tú dices, se encontrará un cauce, y entonces será la ocasión de abordar la edición de mis dibujos.

¿Qué tal va tu vida? Me alegraré que trabajes y estés en paz. Yo regresé de Santander el 21 de Agosto, y desde entonces más que pintar estoy haciendo una serie de dibujos grandes (100 x 70) para la próxima Bienal de Venecia. En este momento hago punto, y cogeré de nuevo los pinceles, no por mucho tiempo, pues quiero a mediados de Octubre hacer otra salida, no sé fijo dónde, si a Madrid, Barcelona, o a París, ya veremos.

Te repito mi agradecimiento a tu gestión, y hasta cuando quieras, ya sabes dónde tienes a tu buen amigo

Rafael Zabaleta.

Como podemos observar, en esta carta Zabaleta ya tutea a Delibes, a diferencia de la anterior, lo que significa que habían ido desarrollando rápidamente un mayor grado de confianza y amistad. La inesperada y temprana muerte de Rafael interrumpió la relación personal entre ambos creadores, pero años después (1971), en la revista Destino, donde fue publicando una serie de «notas» a modo de diario, Delibes recordaría así a Zabaleta:

9 de febrero.- La galería de arte Adrià me invita a la Exposición homenaje al pintor Rafael Zabaleta que hoy se inaugura en Barcelona. Mi pasajera (eso espero, al menos) invalidez me impide desplazarme, cosa que hubiera hecho con gusto en circunstancias normales, ya que para mí Zabaleta ha sido uno de los grandes pintores españoles del siglo (el mundo rural que Zabaleta levantó con los pinceles es el que me hubiera gustado levantar a mí con la pluma). También admiré siempre en Zabaleta su resistencia a convertirse en un pintor de corte. Gracias a ello, Zabaleta siguió viendo a los campesinos, tesos y olivares de Ouesada, tal como son, sin sofisticar, por la sencilla razón de que Zabaleta no solo los veía, sino que los sentía (convivían). Yo conocí al pintor en la última exposición celebrada por él en la Biblioteca Nacional de Madrid. Me gustó también su persona, tímida, sencilla, muy alejada de poses y dogmatismos. Yo deseaba un cuadro suyo con toda mi alma, pero Zabaleta vendía caro, es decir caro para mí que no tenía una perra. Después cambiamos unas cartas (Valladolid-Ouesada, Ouesada-Valladolid) y me regaló el apunte de un desnudo que conservo como oro en paño. Los temores de Zabaleta a ser eclipsado -devorado- por la pintura de vanguardia ya empieza a verse que carecían de fundamento. Él era un grande y como tal pervive y pervivirá. (Delibes, M.: «Notas»,  Destino nº 1761, Barcelona 3 de julio de 1971, p. 36).

Llama poderosamente la atención comprobar cómo Delibes admiraba la resistencia de Zabaleta a convertirse en un «pintor de corte», es decir en un artista al servicio del principio clásico del “decorum” (“lo apropiado”, “lo adecuado”, o sea, “lo políticamente correcto”). De nuevo un ilustre escritor fue capaz de captar el sentido profundo de la pintura de Rafael Zabaleta, como también hicieron con gran acierto algunos otros, como Gerardo Diego o José Hierro.

Sin duda, por eso afirmaba Delibes en 1971 que el mundo rural que Zabaleta levantó con los pinceles es el que le hubiera gustado a él levantar con la pluma. El novelista lo haría con gran maestría en algunas de sus novelas posteriores. Pienso que si Rafael no hubiera fallecido tan joven podría perfectamente haberle ilustrado a Miguel su novela Los santos inocentes (1981).

Finalmente, deberíamos esforzarnos en no defraudar la confianza que mostraba el escritor en que Zabaleta pervivirá sin ser «eclipsado», y no solo por la pintura de vanguardia, sino por motivos o intereses ajenos a sus propios méritos como pintor y como persona «muy alejada de poses y dogmatismos».

Sirva este modesto artículo para mostrar la estrecha relación existente entre dos grandes creadores y el paralelismo que ellos mismos observaban en sus respectivas obras.



[1] Agradezco al Museo Zabaleta de Quesada (Jaén) y a su directora, Rosa Valiente, que me hayan facilitado esta carta.

[2] Aparicio González, María Jesús. Analogía pictórica de la figura femenina en las novelas de Miguel Delibes. En Ballesteros Dorado, Ana Isabel y Ariza González, Fernando (coord.). Miguel Delibes: encuadres y figuras en una España cambiante (pp. 169-170). Madrid, Iberoamericana Verbuert, 2023.

[3] Carta generosamente facilitada por la Fundación Miguel Delibes, con signatura AMD, 5, 102.

[4] Carta también facilitada por la Fundación Miguel Delibes, con signatura AMD, 5, 147.

"EN LA INTIMIDAD CON RAFAEL ZABALETA", UN ARTÍCULO DE VALENTÍN DE LAS MARINAS.

 

Valentín de las Marinas Degiuli, nacido en Quesada (Jaén) el 29 de mayo de 1902, fue secretario de su pueblo natal, donde fundó y dirigió desde 1930 la revista El Funcionario Municipal – Revista Órgano de los empleados administrativos. Para más información sobre Valentín de las Marinas y sobre dicha revista puede consultarse el blog de Vicente Ortiz García:

https://historiadequesada.blogspot.com/2019/12/el-funcionario-municipaluna-revista.html

El 24 de mayo de 1955, Valentín de las Marinas publicó en el diario Jaén el artículo que a continuación transcribo (a partir del borrador mecanografiado que se conserva en el archivo del Museo Zabaleta) con la intención de que no se pierda en el olvido.

Se trata, como verán, de un artículo muy representativo de los valores imperantes en los años de la dictadura y en el que se identifica el pueblo de Quesada con sus “fuerzas vivas” y sus figuras históricas ilustres.

Resta, pues, protagonismo al resto de los vecinos, mayoritariamente jornaleros, que en aquellos momentos pasaban hambre y necesidad, aunque el autor reconozca que la obra de Zabaleta refleja «esos rasgos inconfundibles de la humanidad ibera de sus hombres, mujeres y chiquillería». Y es que esa otra «verdad» de la pintura social de Zabaleta, tan importante y ya reconocida entonces por críticos y poetas fuera del pueblo, nunca fue valorada, ni siquiera considerada, en Quesada.

Este es el artículo:

DESDE QUESADA

EN LA INTIMIDAD CON RAFAEL ZABALETA. LO QUE PENSÉ Y NO DIJE… 

En un sin par escenario, la portentosa “CUEVA DEL AGUA”, ayer, 15, festividad de San Isidro, se dieron cita unas docenas de amigos del insigne pintor Zabaleta, degustando sabrosa comida, que el maestro y amigo -amplio, sencillo y confidencial- nos presidió satisfecho y acogedor.

Fotografía de una celebración en la Cueva del Agua
(Archivo municipal de Quesada)

Allí se habló, en bromas y en veras; allí se respiraron fragancias de amistad y fragancias de primavera; se susurraron palabras íntimas y sinceras, al rítmico sonsonete de la cristalina agua despeñada; se discurseó, en improvisaciones cariñosas de ofrenda al amigo; y cuando al humilde comensal que esto escribe parecía, por insinuaciones amables, llegarle el turno de decir algo, el “yo” interno se resistió, temiendo romper el encanto de esos momentos desordenados de charla con ripiosas palabras de mi humildad… Y pasó todo y no hablé…; pero, caro lector, permíteme que en íntimo secreteo te susurre al oído lo que pensé y no dije…

“Hace pocas fechas un entrañable amigo me recordaba, en sabrosa carta, las hermosas palabras de Aristóteles: «Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad». Yo ahora quisiera parodiar al inmortal filósofo griego, diciendo: «Soy amigo de Zabaleta, pero más amigo de la verdad de Zabaleta». ¿Y cuál es la verdad de Zabaleta, queridísimos amigos y paisanos? En mi concepto, el motivo de su inspiración: ese maravilloso y multicolor paisaje quesadeño; y esos rasgos inconfundibles de la humanidad ibera de sus hombres, mujeres y chiquillería…

Así, pues, con esa sana verdad a cuestas, el Pintor de Quesada cabalga por salones y tertulias, por dentro y fuera de nuestras fronteras, dando a conocer su nuevo y original arte pictórico, pero también su “vieja” ciudad, con sus contornos macizos a fuerza de historia y leyenda; con sus sierras y arboledas, con sus colores y luces, con sus terruños pardos y sus nombres rugosos y pegadizos…

Y triunfa la paleta del genial quesadeño y triunfan los modelos vivientes e inmortales que nutren su inspiración, lo cual quiere decir, sencillamente, concretamente, que el amor puro de Zabaleta hacia su patria chica es tan arrebatador, tan único, tan pleno, que sus coronas de laurel, ganadas todas en caballerosas y limpias lides, las obtiene por “duplicado”, una para él, otra para Quesada… Y así Quesada marcha siempre del brazo de este gran artista, de su hijo predilecto, luciendo sus galas mejores en el paisaje, en su expresiva estampa racial, hasta conquistar con Zabaleta, para Zabaleta y para sí, una amplia vía de admiraciones y acatamientos que hoy rodean, con esplendor de elegido, al virtuosísimo Pintor de Quesada…

Yo quisiera -y tengo la evidencia de que todos deseáis lo mismo- que todos copiásemos de Zabaleta, que todos fuésemos tan sensibles y apegados a la tierra madre, como Zabaleta… Los que podamos darle algo, por muy ínfimo que se crea, ofrecédselo con anchura de corazón, con fogosidad de buenos hijos; los que no tengan la oportunidad ni la posibilidad de dar, al menos, pregonad con esos inextinguibles y eternos gritos del alma, las glorias de Quesada, que son las glorias de sus hijos escogidos…

Y yo desde esta tribuna majestuosa, en la que la Naturaleza brillante y risueña nos llama a querer y adorar a Dios en su infinita omnipotencia, vuelvo a convocaros y recordaros deberes nobles y egoístas que tenemos que cumplir con nuestros muertos y con nuestros vivos, con nuestra Quesada siempre eterna y resplandeciente… Esos nombres, ya historia, de Ángel Alcalá, Leandro Jiménez, Salvador Segura, Laureano Delgado, José Ramón Vives, Diego Carriazo, Juan Bautista Palop… Y esos otros, en pleno producir de lauros y glorias, Juan de Mata Carriazo, el mismo Zabaleta, Cesáreo Rodríguez… Esos nombres, repito, y otros que hayan escapado de mi memoria, hay que airearlos y sacarlos a la devota consideración de nuestros más caros amores, en un acto brillante, inolvidable, en que, definitivamente, sea Quesada la que se corone de gloria, como prolífica procreadora, ayer y hoy, de hijos que tanta honra y prez supieron y saben darle, a la madre del Guadalquivir famoso, a la tesorera de la Virgencita morena y serrana de Tíscar, guardada amorosamente en ese mago relicario que nadie más que Dios pudo elegir para sede de la Madre de la Cristiandad.

Y para terminar, con la esperanza de que estas pobres palabras podrán ser traducidas, yo quiero se sintetice el sentimiento que a todos nos tiene aquí reunidos, con este grito: ¡Viva Quesada, su Virgen y sus hijos ilustres!

Amigo lector: guárdame el secreto de esas palabras que no dije, pero que pensó mi cabeza y sintió mi corazón, en ese delicioso momento en que unos buenos y leales amigos ofrendábamos a Zabaleta todo el calor de una afectuosa admiración…

VALENTÍN DE LAS MARINAS

mayo 1955

HOMENAJE A RAFAEL ZABALETA, UN ARTÍCULO DE DANIEL GIRALT-MIRACLE.

 Entre diciembre de 1975 y enero de 1976 las Galerías Layetanas (Barcelona) celebraron una exposición titulada Homenaje a Zabaleta, 1907-1960. Con tal motivo, el crítico e historiador del arte Daniel Giralt-Miracle publicó en la revista Destino (nº 1.998, página 38, 15-21 de enero de 1976) el artículo que transcribo más abajo con la intención de conservarlo y difundirlo.

 

Homenaje a Rafael Zabaleta

El entusiasmo con que Eugenio d'Ors defendió y promocionó a este pintor jienense, nacido en Quesada en 1907 y muerto en la misma población en 1960, fue el punto de arranque que le valió el gran reconocimiento que en la actualidad goza. Zabaleta fue visto por Xénius como un pintor hondo, ingenuo, primitivo, valiente, «sin anemia impresionista alguna», cuya obra estaba envuelta en un sueño silencioso dedicado a reflejar, con ibéricas autenticidades, los planos, las geometrías y la subyacente realidad de nuestro mundo, dentro de un cubismo algo dramatizado y una mágica sensación de realidad. Esta forma de ver el mundo gustó tanto de la fuerza «fauve» como de la pujanza expresionista Van Gogh, solo que siempre orientada a exaltar las grandezas de la sierra de Cazorla, la que fue considerada por él el lugar más grandioso del mundo.

Zabaleta es un pintor providencial en el difícil drama de la pintura española de mediados del siglo XX, en el que de forma afanosa se busca unos lazos de vínculo con la contemporaneidad internacional. Acartonada la tradición, en plena autarquía la vida académica, viviendo las miserias de la posguerra, Zabaleta abre una etapa -entonces vanguardista-, que se halla equidistante entre una figuración rejuvenecida y las nuevas corrientes europeas dedicadas a investigar la esencia del hecho pictórico. Es un «rara avis» que junto con Benjamín Palencia, Ortega Muñoz, Francisco Mateos, Pancho Cossío y alguna excepción más, logra dar al tránsito pictórico hacia lo contemporáneo una doble dimensión que reaviva, a nivel formal y expresivo, nuestro aletargado arte hispánico.

 El homenaje que nos ofrece la Galería Laietana de Barcelona lo componen diecisiete óleos, dos acuarelas y veintidós dibujos. Cabe destacar, por su relieve, originalidad y fuerza expresiva, la serie de dibujos que bajo el título los «Sueños de Quesada» realizó en 1943, y que gracias a la amistad que le unía a d'Ors presentó e n el Casal de la Cultura de Vilafranca del Penedés, por primera vez, en 1944.

Varias obras, varios periodos, piezas muy significativas como «Plaza de Pueblo», «Familia del carro», «Familia campesina», etc., reflejan esta marcada coherencia y particular ligazón de lineamientos estructurales y expresiones cromáticas, que junto a su fantasía y capacidad de ensueño nos transmiten, con cálida rusticidad, ese retablo campesino, telúrico, panteísta, que eleva a la categoría de fuerza plástica lo cotidiano y existencial de su cosmos, de su país, de su tierra.