En octubre de 1947 Rafael Zabaleta expuso en la Galería Estilo de Madrid. Era su tercera
exposición individual en la capital de España.
Con tal motivo, Camilo José Cela publicó en el diario Arriba el artículo que a continuación
transcribo:
EL PINTOR (RAFAEL ZABALETA)
El
pintor es un hombre más bien pequeño, casi calvo, con bigote, de traje gris
oscuro en todo tiempo y de recio sombrero de pelo allá por los meses de invierno.
El pintor es natural de un pueblecito que se llama Quesada y que duerme donde,
aún tierno y cantarín, ya bullidor y todavía niño, nace el Guadalquivir. El
pintor tiene un vago aire campesino en la mirada, en el atuendo, en el ademán y
en el parco decir: un gesto remoto de campesino en tierra de sabrosos pastos y
dulces olivares, y una imprecisa apariencia de hijodalgo añorante de pasados
tiempos, o de santero de pobres, o de torero de las viejas suertes, o de
filósofo solitario, escéptico y burlón.
El
pintor se llama Rafael Zabaleta. Desde su casa de campo, el pintor ve el mundo
misterioso de la pintura por una ventana abierta, insospechadamente, sobre
París; diríase de la ventana del pintor que es casi una ventana de “Las mil y
una noches”, una ventana mágica como el tapiz volador o como la lámpara de
Aladino y, al mismo tiempo, una ventana clásica y noble como la vid, antigua
como el pecado y abierta al puro vendaval de la montaña igual que el fruto
maduro que espera su más lejano cielo, ya derribado al pie del árbol padre,
dormido sobre el suelo ubérrimo.
Por
la ventana de Zabaleta, que es un poco el mismo mundo que nos ofrece, se oye
conversar a veces, lejanamente, quién sabe si a Matisse o a De Chirico, quién si
a Picasso, a Cavía, que si a los primitivos. Zabaleta, buen guardador de su
propio orden, sagaz ordenador de su casa y de su ventana, nos deja escuchar,
con los ojos dulcemente entornados, el distante runrún de la nacarada caracola
marina con la que pinta el último recuerdo del último Zabaleta marinero, el
hombre que, nauta de los cinco mares, ancló en la sierra un buen día, va ya
para cuatro generaciones, en que, como predestinadamente, optó por la tierra
firme e imaginó su casa y su ventana.
El
pintor, a solas con su orbe, del que nadie nos podría decir si es un limbo
bucólico o un purgatorio atormentado, la paleta a la mano izquierda, el pincel
en la diestra y toda una representación de lo que existe reflejada en sus
ojillos grises y profundos, pinta sin descanso y con la buena manera donde se
ven, aunque siempre se adivinen, el orden y el concierto, y cuando reúne sus
últimos metros cuadrados de pintura, cae sobre Madrid, casi de puntillas, como
con miedo a molestar, cuelga sus lienzos, se sienta en un café o en un paseo y
espera. Rafael Zabaleta es un maestro en el difícil arte de esperar, en la
fecunda audacia de la paciencia y de la seriedad con la sonrisa en los labios y
en la cabeza una verdad difícil aunque bien sabida, una verdad honda y monda y
lironda, recóndita y casi velada.
Este
año, ¿cuántos van ya? Rafael Zabaleta se ha traído a Madrid los diecisiete
lienzos que representan, hoy por hoy, lo más granado de su obra, los diecisiete
resultados de tantas horas trabajosas que ha colgado, como diecisiete mundos
herméticos, como diecisiete astros o diecisiete corazones, en la Sala Estilo de
al lado de la Zarzuela. En esta última pintura de Zabaleta -y
líbrenos Dios de escarceos críticos que ni nos van, ni sentimos, ni queremos ensayar-
se apunta certeramente a la diana misma de la pintura más eterna, hoy la más
europea y ayer no más, la más española, aquella que echó raíces sobre la raíz
misma de nuestro suelo para un día arder con violencia, arrasadoramente y sin
dejar títere con cabeza. Rafael Zabaleta, que sabe muchas cosas, tampoco olvida
que los tres vientos huracanados que enderezaron el fláccido velamen de la
pintura después de la revolución de la perspectiva del Giotto, los tres eran
españoles, y hemos aludido, como es fácil suponer, al Greco, a Goya y a
Picasso.
El
pintor ha tirado por el camino más difícil y menos trillado y ha ido a la
pintura directamente, sin caer en los fáciles subterfugios de las horas de
decadencia, la pintura aleccionadora -falsamente aleccionadora- donde
lo anecdótico está antepuesto al alma o al espíritu mismo de la misma pintura.
Rafael
Zabaleta, cuando al levantar su Exposición se vuelva a su casa de Quesada, a
asomarse a su ventana, podrá volver a mirar el mundo con los ojos más claros
cada día.
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Años después, Rafael Zabaleta ilustró, por encargo de
Cela, la primera edición en gallego de su novela “La familia de Pascual Duarte”,
publicada en Vigo (talleres gráficos Faro
de Vigo) en 1962, cuando el pintor ya había fallecido.
Al año siguiente (1963), Camilo José Cela publicó en Papeles de Son Armadans (Palma de
Mallorca) su obra titulada El Solitario,
escrita a partir de la colección de dibujos de Zabaleta “Sueños en Quesada” e
ilustrada con dichos dibujos.
En 1971, Cela escribía al respecto:
La ilusión que Rafael Zabaleta y yo tuvimos de publicar
un libro mío con ilustraciones suyas no pudo realizarse, con él aún vivo,...
El gran libro que le debía a
Zabaleta, el libro cantor –del cabo al rabo- de su soledad, nació con Zabaleta
ya muerto, lo que no deja de ser una paradoja cruel. Lo escribí ante la
colección de dibujos que tituló «Los sueños de Quesada», partiendo de ellos y
en ellos inspirándome y apoyándome.” (Cela, «Recuerdo de Rafael Zabaleta», Papeles de Son Armadans
CLXXX, pp. 227-232, p. 232).