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"EL PINTOR", UN ARTÍCULO DE CAMILO JOSÉ CELA.

 

En octubre de 1947 Rafael Zabaleta expuso en la Galería Estilo de Madrid. Era su tercera exposición individual en la capital de España.

Con tal motivo, Camilo José Cela publicó en el diario Arriba el artículo que a continuación transcribo:

 

EL PINTOR (RAFAEL ZABALETA)

El pintor es un hombre más bien pequeño, casi calvo, con bigote, de traje gris oscuro en todo tiempo y de recio sombrero de pelo allá por los meses de invierno. El pintor es natural de un pueblecito que se llama Quesada y que duerme donde, aún tierno y cantarín, ya bullidor y todavía niño, nace el Guadalquivir. El pintor tiene un vago aire campesino en la mirada, en el atuendo, en el ademán y en el parco decir: un gesto remoto de campesino en tierra de sabrosos pastos y dulces olivares, y una imprecisa apariencia de hijodalgo añorante de pasados tiempos, o de santero de pobres, o de torero de las viejas suertes, o de filósofo solitario, escéptico y burlón.

El pintor se llama Rafael Zabaleta. Desde su casa de campo, el pintor ve el mundo misterioso de la pintura por una ventana abierta, insospechadamente, sobre París; diríase de la ventana del pintor que es casi una ventana de “Las mil y una noches”, una ventana mágica como el tapiz volador o como la lámpara de Aladino y, al mismo tiempo, una ventana clásica y noble como la vid, antigua como el pecado y abierta al puro vendaval de la montaña igual que el fruto maduro que espera su más lejano cielo, ya derribado al pie del árbol padre, dormido sobre el suelo ubérrimo.

Por la ventana de Zabaleta, que es un poco el mismo mundo que nos ofrece, se oye conversar a veces, lejanamente, quién sabe si a Matisse o a De Chirico, quién si a Picasso, a Cavía, que si a los primitivos. Zabaleta, buen guardador de su propio orden, sagaz ordenador de su casa y de su ventana, nos deja escuchar, con los ojos dulcemente entornados, el distante runrún de la nacarada caracola marina con la que pinta el último recuerdo del último Zabaleta marinero, el hombre que, nauta de los cinco mares, ancló en la sierra un buen día, va ya para cuatro generaciones, en que, como predestinadamente, optó por la tierra firme e imaginó su casa y su ventana.

El pintor, a solas con su orbe, del que nadie nos podría decir si es un limbo bucólico o un purgatorio atormentado, la paleta a la mano izquierda, el pincel en la diestra y toda una representación de lo que existe reflejada en sus ojillos grises y profundos, pinta sin descanso y con la buena manera donde se ven, aunque siempre se adivinen, el orden y el concierto, y cuando reúne sus últimos metros cuadrados de pintura, cae sobre Madrid, casi de puntillas, como con miedo a molestar, cuelga sus lienzos, se sienta en un café o en un paseo y espera. Rafael Zabaleta es un maestro en el difícil arte de esperar, en la fecunda audacia de la paciencia y de la seriedad con la sonrisa en los labios y en la cabeza una verdad difícil aunque bien sabida, una verdad honda y monda y lironda, recóndita y casi velada.

Este año, ¿cuántos van ya? Rafael Zabaleta se ha traído a Madrid los diecisiete lienzos que representan, hoy por hoy, lo más granado de su obra, los diecisiete resultados de tantas horas trabajosas que ha colgado, como diecisiete mundos herméticos, como diecisiete astros o diecisiete corazones, en la Sala Estilo de al lado de la Zarzuela. En esta última pintura de Zabaleta -y líbrenos Dios de escarceos críticos que ni nos van, ni sentimos, ni queremos ensayar- se apunta certeramente a la diana misma de la pintura más eterna, hoy la más europea y ayer no más, la más española, aquella que echó raíces sobre la raíz misma de nuestro suelo para un día arder con violencia, arrasadoramente y sin dejar títere con cabeza. Rafael Zabaleta, que sabe muchas cosas, tampoco olvida que los tres vientos huracanados que enderezaron el fláccido velamen de la pintura después de la revolución de la perspectiva del Giotto, los tres eran españoles, y hemos aludido, como es fácil suponer, al Greco, a Goya y a Picasso.

El pintor ha tirado por el camino más difícil y menos trillado y ha ido a la pintura directamente, sin caer en los fáciles subterfugios de las horas de decadencia, la pintura aleccionadora -falsamente aleccionadora- donde lo anecdótico está antepuesto al alma o al espíritu mismo de la misma pintura.

Rafael Zabaleta, cuando al levantar su Exposición se vuelva a su casa de Quesada, a asomarse a su ventana, podrá volver a mirar el mundo con los ojos más claros cada día.

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Años después, Rafael Zabaleta ilustró, por encargo de Cela, la primera edición en gallego de su novela “La familia de Pascual Duarte”, publicada en Vigo (talleres gráficos Faro de Vigo) en 1962, cuando el pintor ya había fallecido.

Al año siguiente (1963), Camilo José Cela publicó en Papeles de Son Armadans (Palma de Mallorca) su obra titulada El Solitario, escrita a partir de la colección de dibujos de Zabaleta “Sueños en Quesada” e ilustrada con dichos dibujos.

En 1971, Cela escribía al respecto:

La ilusión que Rafael Zabaleta y yo tuvimos de publicar un libro mío con ilustraciones suyas no pudo realizarse, con él aún vivo,...

El gran libro que le debía a Zabaleta, el libro cantor –del cabo al rabo- de su soledad, nació con Zabaleta ya muerto, lo que no deja de ser una paradoja cruel. Lo escribí ante la colección de dibujos que tituló «Los sueños de Quesada», partiendo de ellos y en ellos inspirándome y apoyándome.” (Cela, «Recuerdo de Rafael Zabaleta», Papeles de Son Armadans CLXXX, pp. 227-232, p. 232).

"EN LA INTIMIDAD CON RAFAEL ZABALETA", UN ARTÍCULO DE VALENTÍN DE LAS MARINAS.

 

Valentín de las Marinas Degiuli, nacido en Quesada (Jaén) el 29 de mayo de 1902, fue secretario de su pueblo natal, donde fundó y dirigió desde 1930 la revista El Funcionario Municipal – Revista Órgano de los empleados administrativos. Para más información sobre Valentín de las Marinas y sobre dicha revista puede consultarse el blog de Vicente Ortiz García:

https://historiadequesada.blogspot.com/2019/12/el-funcionario-municipaluna-revista.html

El 24 de mayo de 1955, Valentín de las Marinas publicó en el diario Jaén el artículo que a continuación transcribo (a partir del borrador mecanografiado que se conserva en el archivo del Museo Zabaleta) con la intención de que no se pierda en el olvido.

Se trata, como verán, de un artículo muy representativo de los valores imperantes en los años de la dictadura y en el que se identifica el pueblo de Quesada con sus “fuerzas vivas” y sus figuras históricas ilustres.

Resta, pues, protagonismo al resto de los vecinos, mayoritariamente jornaleros, que en aquellos momentos pasaban hambre y necesidad, aunque el autor reconozca que la obra de Zabaleta refleja «esos rasgos inconfundibles de la humanidad ibera de sus hombres, mujeres y chiquillería». Y es que esa otra «verdad» de la pintura social de Zabaleta, tan importante y ya reconocida entonces por críticos y poetas fuera del pueblo, nunca fue valorada, ni siquiera considerada, en Quesada.

Este es el artículo:

DESDE QUESADA

EN LA INTIMIDAD CON RAFAEL ZABALETA. LO QUE PENSÉ Y NO DIJE… 

En un sin par escenario, la portentosa “CUEVA DEL AGUA”, ayer, 15, festividad de San Isidro, se dieron cita unas docenas de amigos del insigne pintor Zabaleta, degustando sabrosa comida, que el maestro y amigo -amplio, sencillo y confidencial- nos presidió satisfecho y acogedor.

Fotografía de una celebración en la Cueva del Agua
(Archivo municipal de Quesada)

Allí se habló, en bromas y en veras; allí se respiraron fragancias de amistad y fragancias de primavera; se susurraron palabras íntimas y sinceras, al rítmico sonsonete de la cristalina agua despeñada; se discurseó, en improvisaciones cariñosas de ofrenda al amigo; y cuando al humilde comensal que esto escribe parecía, por insinuaciones amables, llegarle el turno de decir algo, el “yo” interno se resistió, temiendo romper el encanto de esos momentos desordenados de charla con ripiosas palabras de mi humildad… Y pasó todo y no hablé…; pero, caro lector, permíteme que en íntimo secreteo te susurre al oído lo que pensé y no dije…

“Hace pocas fechas un entrañable amigo me recordaba, en sabrosa carta, las hermosas palabras de Aristóteles: «Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad». Yo ahora quisiera parodiar al inmortal filósofo griego, diciendo: «Soy amigo de Zabaleta, pero más amigo de la verdad de Zabaleta». ¿Y cuál es la verdad de Zabaleta, queridísimos amigos y paisanos? En mi concepto, el motivo de su inspiración: ese maravilloso y multicolor paisaje quesadeño; y esos rasgos inconfundibles de la humanidad ibera de sus hombres, mujeres y chiquillería…

Así, pues, con esa sana verdad a cuestas, el Pintor de Quesada cabalga por salones y tertulias, por dentro y fuera de nuestras fronteras, dando a conocer su nuevo y original arte pictórico, pero también su “vieja” ciudad, con sus contornos macizos a fuerza de historia y leyenda; con sus sierras y arboledas, con sus colores y luces, con sus terruños pardos y sus nombres rugosos y pegadizos…

Y triunfa la paleta del genial quesadeño y triunfan los modelos vivientes e inmortales que nutren su inspiración, lo cual quiere decir, sencillamente, concretamente, que el amor puro de Zabaleta hacia su patria chica es tan arrebatador, tan único, tan pleno, que sus coronas de laurel, ganadas todas en caballerosas y limpias lides, las obtiene por “duplicado”, una para él, otra para Quesada… Y así Quesada marcha siempre del brazo de este gran artista, de su hijo predilecto, luciendo sus galas mejores en el paisaje, en su expresiva estampa racial, hasta conquistar con Zabaleta, para Zabaleta y para sí, una amplia vía de admiraciones y acatamientos que hoy rodean, con esplendor de elegido, al virtuosísimo Pintor de Quesada…

Yo quisiera -y tengo la evidencia de que todos deseáis lo mismo- que todos copiásemos de Zabaleta, que todos fuésemos tan sensibles y apegados a la tierra madre, como Zabaleta… Los que podamos darle algo, por muy ínfimo que se crea, ofrecédselo con anchura de corazón, con fogosidad de buenos hijos; los que no tengan la oportunidad ni la posibilidad de dar, al menos, pregonad con esos inextinguibles y eternos gritos del alma, las glorias de Quesada, que son las glorias de sus hijos escogidos…

Y yo desde esta tribuna majestuosa, en la que la Naturaleza brillante y risueña nos llama a querer y adorar a Dios en su infinita omnipotencia, vuelvo a convocaros y recordaros deberes nobles y egoístas que tenemos que cumplir con nuestros muertos y con nuestros vivos, con nuestra Quesada siempre eterna y resplandeciente… Esos nombres, ya historia, de Ángel Alcalá, Leandro Jiménez, Salvador Segura, Laureano Delgado, José Ramón Vives, Diego Carriazo, Juan Bautista Palop… Y esos otros, en pleno producir de lauros y glorias, Juan de Mata Carriazo, el mismo Zabaleta, Cesáreo Rodríguez… Esos nombres, repito, y otros que hayan escapado de mi memoria, hay que airearlos y sacarlos a la devota consideración de nuestros más caros amores, en un acto brillante, inolvidable, en que, definitivamente, sea Quesada la que se corone de gloria, como prolífica procreadora, ayer y hoy, de hijos que tanta honra y prez supieron y saben darle, a la madre del Guadalquivir famoso, a la tesorera de la Virgencita morena y serrana de Tíscar, guardada amorosamente en ese mago relicario que nadie más que Dios pudo elegir para sede de la Madre de la Cristiandad.

Y para terminar, con la esperanza de que estas pobres palabras podrán ser traducidas, yo quiero se sintetice el sentimiento que a todos nos tiene aquí reunidos, con este grito: ¡Viva Quesada, su Virgen y sus hijos ilustres!

Amigo lector: guárdame el secreto de esas palabras que no dije, pero que pensó mi cabeza y sintió mi corazón, en ese delicioso momento en que unos buenos y leales amigos ofrendábamos a Zabaleta todo el calor de una afectuosa admiración…

VALENTÍN DE LAS MARINAS

mayo 1955

HOMENAJE A RAFAEL ZABALETA, UN ARTÍCULO DE DANIEL GIRALT-MIRACLE.

 Entre diciembre de 1975 y enero de 1976 las Galerías Layetanas (Barcelona) celebraron una exposición titulada Homenaje a Zabaleta, 1907-1960. Con tal motivo, el crítico e historiador del arte Daniel Giralt-Miracle publicó en la revista Destino (nº 1.998, página 38, 15-21 de enero de 1976) el artículo que transcribo más abajo con la intención de conservarlo y difundirlo.

 

Homenaje a Rafael Zabaleta

El entusiasmo con que Eugenio d'Ors defendió y promocionó a este pintor jienense, nacido en Quesada en 1907 y muerto en la misma población en 1960, fue el punto de arranque que le valió el gran reconocimiento que en la actualidad goza. Zabaleta fue visto por Xénius como un pintor hondo, ingenuo, primitivo, valiente, «sin anemia impresionista alguna», cuya obra estaba envuelta en un sueño silencioso dedicado a reflejar, con ibéricas autenticidades, los planos, las geometrías y la subyacente realidad de nuestro mundo, dentro de un cubismo algo dramatizado y una mágica sensación de realidad. Esta forma de ver el mundo gustó tanto de la fuerza «fauve» como de la pujanza expresionista Van Gogh, solo que siempre orientada a exaltar las grandezas de la sierra de Cazorla, la que fue considerada por él el lugar más grandioso del mundo.

Zabaleta es un pintor providencial en el difícil drama de la pintura española de mediados del siglo XX, en el que de forma afanosa se busca unos lazos de vínculo con la contemporaneidad internacional. Acartonada la tradición, en plena autarquía la vida académica, viviendo las miserias de la posguerra, Zabaleta abre una etapa -entonces vanguardista-, que se halla equidistante entre una figuración rejuvenecida y las nuevas corrientes europeas dedicadas a investigar la esencia del hecho pictórico. Es un «rara avis» que junto con Benjamín Palencia, Ortega Muñoz, Francisco Mateos, Pancho Cossío y alguna excepción más, logra dar al tránsito pictórico hacia lo contemporáneo una doble dimensión que reaviva, a nivel formal y expresivo, nuestro aletargado arte hispánico.

 El homenaje que nos ofrece la Galería Laietana de Barcelona lo componen diecisiete óleos, dos acuarelas y veintidós dibujos. Cabe destacar, por su relieve, originalidad y fuerza expresiva, la serie de dibujos que bajo el título los «Sueños de Quesada» realizó en 1943, y que gracias a la amistad que le unía a d'Ors presentó e n el Casal de la Cultura de Vilafranca del Penedés, por primera vez, en 1944.

Varias obras, varios periodos, piezas muy significativas como «Plaza de Pueblo», «Familia del carro», «Familia campesina», etc., reflejan esta marcada coherencia y particular ligazón de lineamientos estructurales y expresiones cromáticas, que junto a su fantasía y capacidad de ensueño nos transmiten, con cálida rusticidad, ese retablo campesino, telúrico, panteísta, que eleva a la categoría de fuerza plástica lo cotidiano y existencial de su cosmos, de su país, de su tierra.

"RAFAEL ZABALETA, O EL IRREALISMO EN QUESADA", UN ARTÍCULO DE TRISTÁN LA ROSA.

 Tristán La Rosa i Ball-llovera (Barcelona 1915 - Baltimore 1990) era licenciado en Derecho y en Historia; además de periodista, fue profesor de universidad, traductor, escritor, historiador, abogado, consejero de información de la embajada española en Londres (1963-1965) y presidente de la Junta Democrática en París en los años setenta. Apasionado por la cultura, se inició en el periodismo con la crítica de arte en La Prensa, en el año 1942, y fundó y dirigió la revista Leonardo (1945). Pronto destacó por sus escritos como corresponsal en el extranjero de La Vanguardia y por sus colaboraciones en el semanario Destino. Desde París y Londres acercó lo que sucedía en el mundo a los lectores de un país cerrado al exterior, como era entonces España. Fue el único periodista español que estuvo en Jerusalén durante el proceso contra el nazi Adolf Eichmann (1961) y fue testigo directo del mayo del 68 en Francia. Fue director del Diario de Barcelona (1977) y de Tele/Exprés (1979-1981), y al final de su carrera trabajó en TVE y presidió la Asociación de Naciones Unidas de España.

Rafael Zabaleta conoció a Tristán La Rosa en 1945, en casa de Eugenio d’Ors, e intentó que le editara y publicara sus “Sueños en Quesada”. Posteriormente -según los datos que figuran en la agenda del pintor- coincidió con él en París, donde los días 2 y 9 de mayo de 1949 comieron juntos en el “Café de Flore”.

Portada del catálogo de la exposición de Zabaleta en Galerías Argos (1947)
 

Entre el 25 de enero y el 7 de febrero de 1947, Zabaleta expuso en Galerías Argos (Barcelona). Probablemente con ese motivo, Tristán la Rosa publicó en La Vanguardia Española (19 de febrero de 1947, página 5) un artículo titulado «Rafael Zabaleta, o el irrealismo en Quesada», que más abajo transcribo.

Curiosamente, en dicho artículo La Rosa recuerda la primera noticia que tuvo de Quesada «hace nueve años». Se refiere al momento en que «en un camión militar atravesaba yo la provincia de Jaén». Probablemente lo que el crítico recordara es que la madrugada del 29 de marzo de 1939 un convoy de camiones militares cargados de evacuados (entre los que él pudiera haber estado) atravesó Quesada camino del exilio. Pero no podemos asegurar que fuese así. Para mayor documentación al respecto, véase el libro de Vicente Ortiz «La guerra civil en Quesada» (páginas 277 - 279 y dibujo de contraportada).

 

Rafael Zabaleta es de Quesada, y Quesada es un pueblo que está en la provincia de Jaén, en el partido judicial de Cazorla, entre la sierra de este nombre y la del Pozo. Hace nueve años, cierta madrugada que en un camión militar atravesaba yo la provincia de Jaén, alguien me dijo no sé qué de Quesada; pero, apenas oído, el nombre se escabulló por un recodo de la memoria, y a grandes zancadas se adentró en la noche del olvido. Luego -hace de esto dos inviernos- volví a dar con él. Fue en casa de d'Ors, una tarde que don Eugenio hablaba de Zabaleta. Pero, vamos a ver, ¿quién es Rafael Zabaleta?

Pues, como se lee en Mis Salones, Zabaleta es una de las criaturas del Salón de los Once. Esto quiere decir que la fama del pintor dio sus primeros pasos en la Academia Breve, creció bajo el cuidado de Luis Felipe Vivanco y se hizo mayor atendido por los desvelos de Eugenio d'Ors. Hoy, al cabo de los años, la Academia, el arquitecto y el pensador pueden estar orgullosos de Rafael Zabaleta.

Porque, si hablando firmemente, tendremos que confesar que Zabaleta es un buen pintor y puede ser un óptimo artista. Por de pronto, su obra se halla incrustada en el último alvéolo de nuestra azarosa circunstancia. Y .esto, en un pintor de Quesada, en un artista que sueña, goza y sufre en un pueblecito de Andalucía, es asombroso. Porque en las telas de Zabaleta se oyen esos latidos con los que la actualidad marca el compás de la vida. Y ese ritmo no ha sido cazado en París, sino, como digo, en Quesada. Que el corazón de la pintura unos lo buscan en París y otros, probablemente los más avispados, lo encuentran en Arlés, en Aix, en Pont-Aven, en Taití o en Quesada.

El sentido de esta pintura carga su acento, ora a lo postimpresionista, ora a lo fauve. Digo esto con toda clase de reservas, porque Zabaleta no es una cosa ni otra; pero, eso sí, en ambas tiene su origen.

Ante todo, la pintura de Zabaleta debe considerarse como otra antítesis del impresionismo. ¿Por qué? Pues porque va contra el aspecto superficial de las cosas, porque manifiesta una honda preocupación constructiva, porque el color adquiere una tremenda personalización y porque la luz pasa a ser una propiedad de la masa cromática.

Contra la superficialidad, es decir, ante el deliquio de las formas, Zabaleta opone unos contornos tan firmes como rotundos. El arabesco impresionista se ha esfumado aquí tras las aristas de un modelado que a veces tiende a la significación geométrica. En los momentos más felices de esta pintura, el contorno de las cosas es engendrado por una línea cromática. Que en muchas de estas telas la disposición del dibujo es una consecuencia del color, y no, como podría suponerse, a la inversa.

He dicho que el color adquiere aquí una tremenda personalización. En efecto: la pintura de Zabaleta no hace más que describir órbitas en torno a un foco- cromático. Zabaleta, como Van Gogh en ciertos momentos, con el color quiere expresar la forma, la materia, la luz y la atmósfera; todo ello resumido, sintetizado. Generalmente, Ios colores son puros; los acordes, subidos, y los rompimientos con el blanco, tardíos. Acabo de nombrar a Van Gogh y, al acordarme de un paisaje en amarillos y verdes donde el pincel se agita con leves ritmos, tendría que repetir, con toda discreción, la cita.

Respecto a la luz, Zabaleta suele mantenerse fiel a la transmutación de valores realizada, primero, por el Greco y, después, cuatro siglos más tarde, por los tres gigantes del neoimpresionismo. Quiero decir que en algunas telas  -en las que ha suprimido la atmósfera-, la luz deja de hendir el aire. Los focos externos quedan suprimidos, y cada color brilla con luz propia. En vez de ser imitada, la luz es representada por sus efectos. Por eso cada cosa fulge con un destello particular.

Los árboles y los campos, los montes y las flores, todo, en suma, no es más que la cifra de una idea, de un esquema intelectual que Zabaleta antepone al mundo de la realidad. En una palabra: para él, como para tantos otros pintores, la belleza no está en la Naturaleza, sino en la Idea. Por esto su pintura no es una aprehensión, sino una proyección. Es, por decirlo así, una pura dádiva.

Al llegar aquí, el lector creerá que la pintura de Zabaleta es de un irrealismo absoluto, y eso no es completamente cierto. El irrealismo es aquí una de tantas perspectivas; pero, en ningún caso, un único punto de vista. Zabaleta ha pintado de diferentes maneras -algunas, incluso, situándose a dos dedos de la realidad-; y yo he escogido, entre muchas, la perspectiva que me ha parecido más interesante. Porque, díganme ustedes, ¿no es interesante el hecho de que mientras en las grandes ciudades aún se pintan fastuosas academias, el irrealismo haya llamado a las puertas de un pueblecito andaluz? Yo creo que el hecho es digno de tenerse en cuenta; y tanto es así que por esto, como cualquier futuro biógrafo del artista, he empezado diciendo: Rafael Zabaleta es de Quesada, y Quesada es un pueblo que está en la provincia de Jaén...

EN BUSCA DEL VERDADERO ZABALETA, UN ARTÍCULO DE A. M. CAMPOY

 


Del 5 de febrero al 5 de marzo de 1970 se celebró en Galería Biosca (Madrid) una exposición de Rafael Zabaleta. Antonio Manuel Campoy Alías (Cuevas del Almanzora, 1924 Madrid, 1993) publicó en el catálogo de aquella muestra un interesante artículo titulado «En busca del verdadero Zabaleta», que transcribo más abajo.[i]

En él, Campoy compara la  personalidad de Zabaleta con la de Solana, y, sobre todo, señala que -en contra de lo que algunos críticos quisieron ver con ojos madrileños en su pintura- el pintor de Quesada «no fue jamás ni un rústico ni un naïf», ni «un paleto vestido de pintor de domingo y de visitante en corte», sino quien llevó en sus cuadros a Madrid «una España tan profunda, o más, que la solanesca, solo que vista a la luz del día».

Insiste Campoy en que, erróneamente, «todo lo que era un tremendo misterio vital se tomó por epidermis folklorista, por ingenuismo pueblerino, por entretenimiento naïf», y ello porque se miraba con olvido y desdén «la España extramadrileña». Y concluye: «Zabaleta fue un provinciano a la manera que lo fueron Cézanne y Van Gogh, pues tal y como se pensó que lo era los que resultamos serlo fuimos nosotros».

 

Antonio Manuel Campoy fue un crítico y coleccionista de arte, además de redactor jefe de Radiotelevisión Española. Hijo predilecto de su pueblo natal, en Cuevas del Almanzora (Almería) se puede visitar el museo que lleva su nombre, creado en 1994 con los fondos (pintura, escultura y obra gráfica) donados por su familia por voluntad suya. Entre las obras expuestas figura un dibujo a tinta de Zabaleta dedicado a Campoy, fotografía del cual me ha facilitado D. Antonio LLaguno, director de ese museo, por lo que le quedo muy agradecido.

 

Dibujo de Zabaleta dedicado a Campoy

En busca del verdadero Zabaleta, por A. M. Campoy

Así como en Solana nos hemos obstinado en ver solo su máscara, en Zabaleta hemos querido ver únicamente su disfraz, y en ambos empeños hemos proyectado nuestra ligereza y nuestra miopía, que en los dos casos viene a ser algo parecido a una necesidad de sugestionarnos con y por lo más fácil, lo más inmediato y lo más superficial. Solana, ello es cierto, nos ha invitado cazurra y humorísticamente a seguirlo en sus correrías pueblerinas y barriobajeras, y él se ha complacido siempre en dejarnos creer que su personalidad solo estaba hecha de trastos viejos, vino gordo y gallinejas fritas, y hasta se burló de nosotros haciéndonos creer que no sabía por qué los franceses llamaban «drapeau» a la bandera, cuando lo cierto era que él (el pobre Solana, nacido en una mansión del barrio de Salamanca, hijo de un médico bibliófilo y millonario), había tenido de niño una institutriz francesa.

Rafael Zabaleta no quiso nunca hacernos creer nada, pero nosotros, dejándonos llevar por la facilidad y la frivolidad que son la cáscara y no sé si el corazón de la vida madrileña, nos obstinamos en ver en él una especie de lugareño caído fantásticamente en casa de Eugenio d’Ors. Zabaleta no se disfrazaba de campesino sorprendido entre las luces de la calle Alcalá y el bulevar Raspail. Fuimos nosotros los que, viéndolo tan sencillo, creímos que aquel hombre de Quesada era poco menos que un paleto vestido de pintor de domingo y de visitante en corte. Su difícil apariencia y el lenguaje desusado de su pintura, así de bobamente nos desorientaron. Tomamos por aldeanismo y folklore lo que verdaderamente era hidalguía rural y misterio telúrico.

Creo que fue Eugenio d’Ors quien, penetrando a Zabaleta con su mirada de zahorí cosmopolita, lo llamó gentleman farmer, o caballero del campo, título que entre los ingleses tiene mayor linaje y más consideración que el que pueden ostentar los señores de la ciudad. La alegre Inglaterra se hizo posible gracias a aquellos gentileshombres campesinos que tenía.  España, en cambio, menospreció la aldea, se despepitó por la Corte y acabó siendo el paraíso de las oficinas. En cuanto a la piel labradora de la pintura de Zabaleta, tomada por muchos como un folklore más, ¡qué error tan grande! Era nada menos que una España tan profunda, o más, que la solanesca, solo que vista a la luz del día, bajo soles infinitamente más hondos que las tinieblas de “l’Espagne noire”. Camón Aznar, viendo aquella pintura de jocundo lenguaje y vitalísimo sentido, adivinó en el pintor a uno de los que más sustancialmente sentían el misterio de nuestras tierras.

Rafael Zabaleta (Quesada 1907-1960) nació en un hogar de la burguesía provinciana, de una familia de propietarios, profesionales y caciques que, allá en las raíces de su árbol genealógico, detentó el señorío y el poder, no recuerdo si en Guernica o Luno, si en Elgueta o en Vergara. Sus antepasados llevaron el «de» de los mayorazgos, como hacía Juan de Zabaleta, el poeta y escritor madrileño del siglo XVII. La literatura española desdeñó casi siempre la riquísima vida provinciana, lo que no ocurre en la literatura francesa. Mientras Galdós, por ejemplo, fija toda su atención en Madrid, Balzac reparte la suya entre París y la vida de provincias. Este olvido y desdén de la España extramadrileña, reflejado en nuestro teatro con su triste burla del «paleto», explica nuestra desorientación respecto a Zabaleta.

Hasta que no se haga el estudio de nuestras provincias (por cierto que acometido ya, magistralmente, por Julio Caro Baroja), no nos enteraremos de cómo son realmente los españoles, ni de qué cosa pueda ser España. Hemos mirado la obra de Zabaleta con ojos madrileños, es decir, con gafas cuyos cristales casi nunca han visto las cosas directamente, sino a través de esquemas más o menos académicos. Carlos Marx, en ocasión de estar su yerno Paul Lafargue estudiando en París la sociedad francesa, le escribe aconsejándole que se deje de economistas, sociólogos y demás profesores y se dedique a leer a Balzac, en cuya obra está la Francia abierta como un clarísimo libro vivo. La Quesada familiar de Rafael Zabaleta quedaba tan lejos de Madrid como aquellos iniciales paisajes suyos, soñados en sus días de colegial, en los que había exploradores y negros, rarísimas aves y una flora emparentada con la de Rousseau.

Rafael Zabaleta trajo al asfalto madrileño la tibia noticia de las aldeanas en flor, los fantásticos informes de las noches de Quesada, la hierática novedad de los alimañeros, todo ello envuelto en la vaga y rutilante geometría del pueblo y de la sierra, con los triángulos de luz mágica de los quinqués, el hexágono de la plaza dominguera y el ángulo obtuso, mefistofélico, del macho cabrío enloquecido de amor. Y todo lo que era un tremendo misterio vital se tomó por epidermis folklorista, por ingenuismo pueblerino, por entretenimiento naïf. Por cierto que también habrá que revisar la autenticidad de lo que París nos ha hecho ver como naïf puro. Henri Rousseau fue, en realidad, un oficinista culto que tocaba el violín y pintaba muy intencionadamente, y en la delicia doméstica de Séraphine Louis hemos de ver, sobre todo, el ingenio de Wilhelm Uhde transferido a su sirvienta.

No, Rafael Zabaleta no fue jamás ni un rústico ni un naïf, y si un día, leyendo en el colegio un libro de Eugenio d’Ors sobre Cézanne, sintió de pronto su vocación de pintor, ello ocurrió de la manera menos azarosa. Tampoco Newton también vio caer la manzana por puro azar, ni Pierre Bonnard, en el liceo Condorcet, se entretiene casualmente en el dibujo. Todos ellos encontraron aquello para lo que su naturaleza y formación los disponía. Las flautas solo suenan por casualidad en boca de burro. Zabaleta se dio a conocer en Madrid (en esta misma Galería Biosca) el año 1942, y en 1943 lo da a conocer Eugenio d’Ors presentándolo en el Salón de los Once, pero su «Crepúsculo de Quesada», que ya era un gran cuadro, data de 1935, fecha en que el pintor había terminado sus estudios, había visitado los museos de París y, decididamente, ya había pintado mucho.

Yo tengo una «academia» de Zabaleta anterior a esa fecha, y he visto apuntes suyos de aquel tiempo en los que hay un soterrado recuerdo de su tan estudiado Van Gogh. Jorge Larco, que supo ver nuestra pintura, no se dejó engañar: «Todo concurre -decía- para hacer del arte de Zabaleta un alto exponente de refinamiento y cultura, que se escuda vergonzante bajo una apariencia candorosa de ingenuidad, con una complacencia marcada en evocar las viñetas y los grabados románticos o la aleluyas de años ha». No comparto yo la idea de tales apariencias. Creo que el candor es algo consustancial al arte del maestro de Quesada, y esto, además de verse bien en sus cuadros (¿iba a ser posible fingir nada menos que uno de sus atractivos más entrañables?), lo sabemos cuantos tuvimos el privilegio de ser sus amigos y de convivir largamente con él.

Hay en Zabaleta, sí, un refinamiento culto que, nada paradójicamente, se expresa por medio de campesinos fatalistas y de mozas cachondas; nada hay en él adquirido por azar. Pero sí hay un infinito candor. Rafael Zabaleta, receloso, huidizo, lleno de suspicacias, era en el fondo un manantial de candor, y solo los que le oíamos sus tremendas historias de Quesada sabemos hasta qué playas era su alma candorosa. La cultura era en él otra naturaleza incapaz de corromper. Por eso, aunque en su pintura afloren conceptos y maneras de un refinamiento medular, hay siempre en su arte un fondo de libertad y de inocencia que purifica y devuelve a la tierra las creaciones más exquisitas del espíritu. Su salud estaba tan afirmada, decía Eugenio d’Ors, «que ni siquiera tememos para él anemia impresionista alguna».

Su casa familiar, sus estudios, París, el Caserón del Sacramento, en fin, le proporcionaron un refinamiento cultural que, exactamente, solo había de manifestarse en él como una actitud ante la vida, no como un sofisticado lenguaje, enfermizo siempre comparado al saludable aliento de la tierra. Ninguna anemia impresionista, es decir, ningún fingimiento de amor a la naturaleza y a sus libérrimos aires. La naturaleza era él mismo y libre desde siempre era el aire que circulaba por su vida y por su alma, tan caliente y enamorado como el fluir de la sangre en sus venas. Vio como ningún otro pintor lo que vivía, y nos hizo verlo a nosotros, como en el soneto aquel de Luis Felipe Vivanco:

Por eso, ante su abierto retablo campesino,

también en nuestros ojos comienzan a brotar

vasto sopor de siesta, color de trigo albino,

sabores de gazpacho y aromas de pinar…

Zabaleta fue un provinciano a la manera que lo fueron Cézanne y Van Gogh, pues tal y como se pensó que lo era los que resultamos serlo fuimos nosotros. Madrid estaba encantado con sus lámparas nuevas (medallas, honores, precios, nombres rimbombantes), pero Eugenio d’Ors, como un travieso e inteligentísimo Aladino, cambió todas las brillantes lámparas del arte oficial madrileño por aquella vieja lámpara que alumbraba los nocturnos de Quesada. Hoy ya es fácil ver a Zabaleta. Los coleccionistas saben lo que vale y hasta qué extremos es indigente una colección que no lo tenga. Nosotros (podría evocar ahora lejanos artículos en «Correo Literario») siempre estuvimos seguros de lo que el hombre era y de lo que su obra representaba. Y hoy, al cabo de veintiocho años de su primera salida al público, en esta misma Galería Biosca, saludamos otra vez en Rafael Zabaleta a uno de los pintores más hondos y delicados de nuestro tiempo.

 

El contenido de este artículo de Campoy coincide en gran medida con otro (algo más breve y con algunas diferencias) que él mismo firmaba en ABC (13/2/1970, páginas 106 y 107), ampliamente ilustrado en el periódico, que también transcribo a continuación:

Hay pintores -Solana, Zabaleta- que no se dejan conocer fácilmente. En Solana solo hemos querido ver su máscara. En Zabaleta nos hemos obstinado en ver un disfraz. El uno tenía que ser bronco, populachero; el otro, cazurro y folklorista. Zabaleta, desde luego, nunca quiso hacernos creer nada; pero nosotros, dejándonos llevar por la facilidad y la frivolidad, quisimos ver en él una especie de lugareño caído fantásticamente en casa de Eugenio d’Ors. Zabaleta no se disfrazaba de campesino sorprendido entre las luces de la calle Alcalá y el bulevar Raspail. Fuimos nosotros los que, viéndolo tan sencillo, creímos que aquel hombre de Quesada era poco menos que un paleto vestido de pintor de domingo. Su difícil apariencia y el lenguaje desusado de su pintura así de bobamente nos desorientaron. Tomamos por aldeanismo y folklore lo que verdaderamente era hidalguía rural y misterio telúrico. Y poesía. Y humor.

Fue Eugenio d’Ors quien, penetrando a Zabaleta con su mirada de zahorí cosmopolita, lo llamó “gentleman farmer”, o caballero del campo, título que en la alegre Inglaterra tuvo siempre más linaje y consideración que cuantos pudieran ostentar los señores ciudadanos, y así de bien le fue a la Inglaterra victoriana. España, en cambio, menospreció la aldea, se despepitó por la capital… y acabó siendo el paraíso de las oficinas. En cuanto a la piel labradora de la pintura de Zabaleta, tomada por muchos como un folklore más, ¡qué error tan grande! Era nada menos que una España tan profunda como la solanesca, solo que vista a la luz del día, bajo soles infinitamente más reales que los de “l’Espagne noire”. Camón Aznar, viendo aquella pintura de jocundo lenguaje y bienhumorado sentido, adivinó en el pintor a uno de los que más vitalmente sentían el misterio de nuestras tierras.

Rafael Zabaleta (Quesada 1907-1960) nació en un hogar de la burguesía provinciana, de una familia cuyo árbol genealógico ascendía a señoríos de Guernica o Luno, Elgueta o Vergara. Pero la literatura española desdeñó casi siempre la riquísima vida provinciana, lo que no ocurre en la literatura francesa. Mientras Galdós, por ejemplo, fija casi toda su atención en Madrid, Balzac reparte la suya entre París y la vida de provincias. Este olvido y desdén de la España extramadrileña, reflejado en nuestro teatro con su triste burla del “paleto”, explica nuestra desorientación respecto a Zabaleta. Hemos mirado su obra con ojos madrileños, es decir, con ojos que casi nunca han visto las cosas directamente. La Quesada familiar de Zabaleta quedaba tan lejos de Madrid como aquellos iniciales paisajes suyos, soñados en sus días de colegial, en los que había negros y exploradores, rarísimas aves y una flora emparentada con la de Rousseau.

Rafael Zabaleta -ya lo he dicho- trajo al asfalto madrileño la tibia noticia de las aldeanas en flor, los fantásticos informes de las noches de Quesada, la hierática novedad de los alimañeros, todo ello envuelto en la vaga geometría del pueblo y de la sierra, con sus triángulos de luz mágica de los quinqués. El hexágono de la plaza dominguera y el ángulo obtuso, mefistofélico, del macho cabrío enloquecido de amor. Y todo lo que era un tremendo vital se tomó por epidermis folklorista, por ingenuismo pueblerino, por entretenimiento “naïf”. Por cierto que habrá que revisar la autenticidad de lo que hemos querido ver como “naïf” puro. Henri Rousseau fue, en realidad, un oficinista culto, que tocaba el violín y pintaba muy intencionadamente, y en la delicia doméstica de Séraphine Louis habría que ver, sobre todo, el ingenio de Wilhelm Uhde transferido a su criada.

No. Zabaleta no fue ni un rústico ni un “naïf”, y si un día, leyendo en el colegio un libro de Eugenio d’Ors sobre Cézanne, sintió súbitamente su vocación de pintor, ello ocurrió de la manera menos azarosa. Newton también vio caer así su famosa manzana, y Pierre Bonnard, en el liceo Condorcet, así de “casualmente” se entretenía en dibujar. Pero lo cierto es que todos ellos encontraron lo que su naturaleza y formación les deparaba, pues las flautas solo suenan por casualidad en las fabulillas. Zabaleta se dio a conocer en Madrid -en esta misma Galería Biosca- en el año 1942, y en 1943 lo da a descubrir Eugenio d’Ors en el Salón de los Once, pero su “Crepúsculo de Quesada” (posiblemente se refiera a óleo “Paisaje de Quesada”, de 51 x 61 cm., que se conserva en el museo de Quesada), que ya era un gran cuadro, data de 1935, fecha en que el pintor había acabado sus estudios, visto los museos de París y, decididamente, pintado mucho.

En sus obras lejanas hay un soterrado recuerdo del por él tan estudiado Van Gogh. Jorge Larco, que tuvo buenos ojos, no se dejó engañar: “Todo concurre -escribe- para hacer del arte de Zabaleta un alto exponente de refinamiento y cultura, que se escuda, vergonzante, bajo una apariencia candorosa de ingenuidad, con una complacencia marcada en evocar las viñetas y los grabados románticos o la aleluyas de años ha”. No comparto yo la idea total de esas apariencias. Creo que el candor es algo consustancial al arte del maestro de Quesada, y esto, además de verse bien en sus cuadros (¿habría sido posible fingir uno de sus atractivos más entrañables?), lo sabemos cuantos tuvimos el privilegio de ser sus amigos y de convivir largamente con él.

Hay en Zabaleta, sí, un refinamiento culto que, nada paradójicamente, se expresa mediante campesinos fatalistas, humor y mozas frescachonas; nada tiene adquirido por azar. Pero sí hay un legítimo candor. Zabaleta, tímido, huidizo, era en el fondo un manantial de candor, y solo los que le oímos sus tremendas historias de Quesada sabemos hasta qué extremos era su alma candorosa. La cultura no lo corrompió. Por eso, aunque en su pintura afloren conceptos y maneras de un refinamiento medular, tiene siempre un poso de libertad y de inocencia purificadoras. Su salud estaba tan afirmada, decía Eugenio d’Ors, “que ni siquiera tememos para él anemia impresionante alguna”. Él era la Naturaleza, libre el aire que lo circulaba, más cálido y enamorado como el fluir de la sangre en sus venas… Hoy es fácil ver todo esto. Cualquier colección de arte español contemporáneo es indigente sin él. Nosotros, hoy como ayer -en Biosca-, somos zabaletianos convencidos, cada día más. (Galería Biosca.)



[i] Agradezco a Miguel Ángel Rodríguez Tirado que me haya facilitado copia del catálogo de la exposición.

"ZABALETISMO" Y "ANTIZABALETISMO": CONTROVERSIA EN TORNO A LA PINTURA DE RAFAEL ZABALETA EN LA REVISTA DESTINO (BARCELONA, 1971)

Tras el fallecimiento de Rafael Zabaleta, se sucedieron durante muchos años los homenajes al pintor. Pero la importancia de su obra, el carácter social de la misma y el reconocimiento de su figura como artista también despertaron agrias polémicas en prensa. Ilustres partidarios y detractores del pintor se enfrentaban en las páginas de la prensa especializada, lo que demuestra la relevancia que Zabaleta y su obra habían adquirido durante la segunda mitad del pasado siglo XX.

Cartel de la exposición homenaje (1971)

En febrero de 1971, diez años después de su muerte, tuvo lugar en Barcelona (Galería Adrià) una exposición homenaje a Zabaleta que provocó una de esas controversias.

José Pla[i] calificaba despectivamente de «desagradable» la pintura de Zabaleta en una de sus «notas dispersas» incluida en la revista Destino (nº 1744, 6 de marzo de 1971, página 15). Consideraba, además, que el interés por sus obras (y por las de otros pintores como Picasso, Miró o Tàpies, según decía en otra de sus «notas dispersas» de la misma fecha) obedecía a motivaciones económicas, no a su valor artístico; por eso añadía: «Es una pena pero habrá que repetirlo una vez más: lo único que tiene valor en la época presente es el dinero; este es el criterio de la valorización único y válido».

Cabecera de las "notas dispersas" de Pla en revista Destino

Por si no hubiera quedado suficientemente clara su opinión, escribía Pla: «más preferiría tener en estas paredes un paisaje de Corot de Italia, un paisaje de Sisley del norte de Francia y dos o tres bodegones de Cézanne».

La crítica de arte y los pintores «castellanos» (no catalanes) tampoco escapaban a sus ataques: «La crítica de arte de este país es lo más arcaico, lo más monótono, lo menos crítico que se ha hecho en el mundo. Sin duda por esto vienen a exponer a Barcelona tantos aficionados castellanos. […] Estos señores creen que son genios […], creadores de un nuevo arte, y si no están seguros es que la cosa por allí se anda».

Pero centrémonos en su opinión sobre la exposición homenaje a Zabaleta:

El pintor Zabaleta. Se ha producido en Barcelona una exposición de pinturas de este pintor, del que se habló en Barcelona gracias al juez Rodríguez Aguilera, al arquitecto Pratmarsó y «tutti quanti». Esto fue después de la guerra. En la exposición, hay muchos cuadros de colecciones particulares.

Un cuadro, en realidad, no es nada. Es importante por los ojos de la persona que lo mira y por sus sensaciones particulares. Zabaleta es un pintor muy desagradable. Si los cuadros se compran por lo que puedan tener de desagradables, yo no tengo nada que decir. Pero los cuadros se compran siempre por otras razones.

-En casa tenemos un Zabaleta por el que dan al parecer muchos miles de pesetas -me dice una señora de aquella época.

-¡Venda, señora, venda! ¡Cuánto ha bajado la peseta!

Es de suponer que Pla calificaba de «desagradable» la pintura de Zabaleta porque, a diferencia de los paisajes de Corot o de Sisley que tanto le gustaban, era un testimonio gráfico de la España profunda con un mensaje social evidente y un sentido profundo nada decorativo, nada «agradable».

En el mismo número de la revista Destino (página 34), Daniel Giralt-Miracle[ii] publicaba un elogioso y amplio artículo profusamente ilustrado[iii] titulado «Rafael Zabaleta, apoteosis del cezannismo ibérico». En él comentaba que la exposición homenaje de Galería Adrià era «cien por cien fiel al espíritu y a los propósitos del autor» y señalaba cómo el pintor se había situado «al otro lado de la barrera» del academicismo oficial como una de las pocas «mentes libres» de España:

Cabecera del artículo de Giralt-Miracle en revista Destino

La obra de Rafael Zabaleta es y representa algo muy peculiar dentro del decurso evolutivo de la pintura española de eje castellano. Cuando la Academia privaba con todos sus rigores de intransigencia y escolasticismo sometiendo de forma esclavista a las pocas y espontáneas mentes libres que se manifestaban en España, Zabaleta, un humilde hijo de Quesada, […] se lanza a lo que podríamos denominar la contestación del «modus operandi» establecido. Inicialmente, su labor solo quiere ser una manifestación libre y natural de su modo de ser, de su modo de sentir, de su modo de ver la naturaleza; su labor no estaba poseída de ningún ánimo combativo o beligerante, tan solo quería «ser» auténtica, pero esta autenticidad es la que el absolutismo cortesano-académico prohibía insistentemente. Por ello, e involuntariamente, Zabaleta se puso al otro lado de la barrera, al del enemigo. Su tarea fue semejante a la de Cézanne, que se enfrentaba, no precisamente con un arte cortesano, pero sí con una concepción de lo pictórico que solo defendía el cuadro como una reproducción de la realidad, inaccesible mediante las sensaciones más o menos refinadas, considerándolo una «tranche de vie».

A este artículo de Giralt-Miracle respondió con acritud José Pla en otra de sus «notas dispersas» incluida en el número 1745 (13 de marzo de 1971, página 11) de la revista Destino:

La señorita María Lluisa Borrás (directora en la revista de la sección “La semana artística”), por la que tengo una gran admiración por su sentido del trabajo, por su continuidad y por su curiosidad, y que escribe una página, cada semana, en DESTINO, publica en ella un papel sobre el pintor Zabaleta presentando su exposición como la «apoteosis del cezannismo ibérico». Mi sorpresa ha sido grande. ¿Qué es esto del cezannismo ibérico? ¿En qué consiste? ¿Qué tiene que ver la obra del pintor de Aix-en-Provence con todo esto? El señor Giralt-Miracle, autor del artículo, ha tenido el candor de acompañar su texto con cuatro reproducciones de la exposición del pintor (véase nota 3). Si hubiera solamente escrito, hubiera podido hacer creer que el pintor es la apoteosis del cezannismo ibérico. Pero ha acompañado su papel con cuatro reproducciones qué son exactamente lo contrario de la pintura de Cézanne. ¿En nombre de qué razón -real o de ambiente, o de técnica de la concepción- pueden compararse unos cuadros con otros? Yo tengo la seguridad de que Giralt-Miracle ha visto algunas pinturas de Cézanne directamente, o al menos muchas reproducciones del mismo. ¿En qué se basa esto de la apoteosis de su título? Si fuera posible, pediría a la señorita Borrás, y a las personas de este país que conocen a Cézanne, que dijeran si es posible alguna comparación.

La respuesta de Giralt-Miracle no se hizo esperar. En el siguiente número de la misma revista (Destino nº 1746, 20 de marzo de 1971, página 9) publicó una carta al director titulada «El “antizabaletismo” de Pla»:

Sr. Director de DESTINO:

La joven generación debe agradecer a Josep Pla, el admirado maestro de nuestras letras, a quien seguimos semana tras semana desde nuestra adolescencia, que finalmente haya hablado de nuevo de "cosas de arte”, como lo hizo antaño y donde nos manifiesta ahora se salió para no asfixiarse.

Aunque nos temíamos que este silencio podía ocasionar un inevitable desfase al no seguir el decurso activo de las artes, que por otra parte su obra literaria no acusaba. En la misma "nota dispersa" donde de un plumazo desacredita la obra de Picasso, Miró, Tàpies, etc., o parte de ella, así como la crítica de arte de este país, lanza sus agudas invectivas al jiennense Zabaleta, a quien considera un pintor desagradable. Un artículo mío titulado "Zabaleta, apoteosis del cezannismo ibérico", publicado en DESTINO la semana del 6 de marzo, ha despertado sus inquietudes. Pla considera "candorosa" la comparación de Zabaleta con el cezannismo ibérico, incluso se pregunta qué puede ser esto. Frente a tal incógnita solo puedo suponer que el señor Pla no se ha leído por completo el artículo, pues solo comenta el título y las ilustraciones que se acompañan. El texto desarrolla con suficiente amplitud el asunto. Además, como se sabe, acostumbramos a entender por cezannismo ibérico toda la secuela que con 20 o 30 años de retraso llegó a este país como última página del naturalismo ochocentista, tabla a la que al parecer el señor Pla aún se aferra en lo pictórico, pues continúa prefiriendo en la pared de su casa -antiguo lugar asignado a la pintura- un "paisaje" de Corot, un "paisaje" de Sisley y dos o tres "bodegones" de Cézanne.

Para ello solo sacamos a colación unas líneas inteligentes y atentas de Joan Teixidor -en su "media columna" del mismo número-  tituladas "Paisaje y paisajismo", quien se da cuenta de que este tipo de imágenes ya no puede ser repetido, a pesar de su espléndida belleza. "El paisaje persiste, pero el paisajismo ha muerto… En el paisaje quedó prendida para siempre la historia de los grandes paisajistas."

Además, como el señor Pla supone, conocemos bastante bien -creemos- la obra de Cézanne "de visu" y bibliográficamente, incluso hemos escrito alguna biografía suya para alguna de nuestras enciclopedias. Continuamos considerando su obra importante para la historia de la pintura al abrir una puerta en las experimentaciones pictóricas que Zabaleta cerraría con el consecuente retraso ibérico.

Nuestro texto, "papel" para el señor Pla, en uno de sus párrafos presentaba al pintor de Jaén como un cóctel de "las búsquedas de Cézanne, los encuentros de Picasso y las soluciones de Matisse", aunque todo ello sea a mucha distancia y menor altura.

Señor Pla, admirado maestro, creo que si lee con atención el papel acertará a comprender que respecto al zabaletismo estamos mucho más cerca de lo que usted cree, me atrevería a afirmar que coincidimos totalmente -quizá por caminos diferentes, no importa-; pero no se inquiete cuando citamos a Cézanne, persona que goza de sus máximos afectos, pero que ya no es ni el abuelo de la pintura actual, que, dicho sea de paso, goza también de algunos críticos, evidentemente excepciones, con capacidad crítica y creativa.

Transmita mis más sinceros saludos al señor Pla.

DANIEL GIRALT-MIRACLE

Poco después, Cesáreo Rodríguez-Aguilera se unió a la polémica publicando otra carta al director de la revista Destino (nº 1748, 3 de abril de 1971, página 3) con el título «Zabaleta y Cézanne», en la que se limitaba a recordar –para cuestionar los conocimientos artísticos de Pla- unas palabras de Eugenio d’Ors:

Sr. Director de DESTINO:

En el número de DESTINO de 13 del corriente mes, pregunta José Pla, "a las personas de este país que conozcan a Cézanne”, que digan si es posible alguna comparación entre Zabaleta y Cézanne. Me limito a enviarte una cita de Eugenio d'Ors, que sí conocía a Cézanne y que en materia de arte sabía y entendía algo más que José Pla, con el ruego de que la publique. En su artículo "El secreto de Rafael Zabaleta", publicado en "La Vanguardia" del día 11 de abril de 1948, Eugenio d'Ors afirma:

"Cézanne, a la voluntad de dicha, del impresionismo, opuso la voluntad de orden. Zabaleta, al amor a la música, contagiado a todas las artes cuando el fin de siglo, contrastó el amor a la arquitectura, vocación nueva en nuestras horas. Cézanne, con todo su revolucionarismo, intentó adaptarse a la norma del Salón de la Academia, del Museo; Zabaleta, lo mismo. De las convenciones sociales, tan respetuosamente puntual como había sido el uno quiere ser el otro. En la calidad de aprendiz, que multiplica los ensayos en el mismo punto, hallaron el uno como el otro la seguridad de una maestría".

Podría añadir algo más, pero me parece que basta.

CESAREO RODRIGUEZ-AGUILERA

Tres meses después, el gran novelista Miguel Delibes, sin hacer referencia expresa a la controversia sobre la pintura de Zabaleta hasta aquí expuesta, publicaba también en la revista Destino (nº 1761, Barcelona 3 de julio de 1971, p. 36) una «nota» en la que elogiaba la obra del pintor y «su persona, tímida, sencilla, muy alejada de poses y dogmatismos». Resaltaba la resistencia de Zabaleta a convertirse en un «pintor de corte» y aseguraba: « el mundo rural que Zabaleta levantó con los pinceles es el que me hubiera gustado levantar a mí con la pluma». Terminaba afirmando que «era un grande y como tal pervive y pervivirá».

Indudablemente, en los años 70 del pasado siglo la obra de Zabaleta no solo pervivía, sino que despertaba -como hemos visto- duras controversias entre los críticos de arte, un privilegio reservado a los “grandes”. Y pervivirá si evitamos que hoy caiga en un injusto olvido.



[i] Josep Pla i Casadevall (1897 – 1981), prestigioso escritor y periodista catalán.

[ii] Daniel Giralt-Miracle (Barcelona, 1944) es un prestigioso crítico, historiador de arte y profesor universitario.

[iii] Reproduce cuatro obras de Rafael Zabaleta: «Campesino comiendo» (1950), «Campesinas y paisaje de Andalucía» (1952), «La familia del burro» (1959) y (parcialmente) «El pintor y las modelos» (1957).